¡Excusas!

Al igual que con muchos otros malos hábitos, la gran mayoría de nuestros males suelen pasar inadvertidos, lo cual les permiten ejercer un gran poder sobre nuestras vidas. Es más, pocas personas son conscientes de ellos y, en número menor, admiten dar excusas. Para ellas, sus razonamientos, lejos de ser excusas, son simplemente explicaciones legítimas y puntuales de circunstancias que, convenientemente, se encuentran fuera de control.

Según ellas, no es que lleguen “consistentemente tarde a todo”, sino que: o prefieren llegar con un “pequeño retraso” para evitar ser las primeras, o suelen ser víctimas de “tráfico impredecible”.

¿Ves la manera tan fácil de cómo podemos racionalizar nuestros malos hábitos? Convertimos nuestros pretextos en “explicaciones lógicas”; a nuestros miedos preferimos llamarlos “precauciones acertadas” y nuestras pobres expectativas han pasado a ser “una manera más realista de ver la vida”.

Nos negamos a aceptar que estemos conformándonos con segundos lugares, y preferimos pensar que lo que estamos haciendo es “siendo prácticos para evitar decepciones mayores”. Nunca admitiremos ser mediocres, preferimos pensar que lo que estamos haciendo es “estableciendo niveles de aceptables de rendimiento”. Esta es la razón por la cual a muchas personas les es difícil aceptar que puedan contar con algún mal en su vida. Para ellas, sus justificaciones no suenan como excusas. No todos los males son malestar. Vienen disfrazados de diferentes formas que los hacen menos reconocibles y más aceptables.

He llegado a la conclusión de que muchos de nosotros simplemente no estamos dispuestos a afrontar la idea de tener que deshacernos de nuestros males. Preferimos llamarlos de miles maneras más aceptables. Ya sé que esas expresiones son más tolerables y producen menos remordimientos. Eso es precisamente lo que los hace tan peligrosos, y por lo cual debemos aniquilarlos si deseamos triunfar.

Sonará violento hablar de “matar tus males”. Sé que seguramente preferirías  que te pidiera que “realizaras un cambio de actitud”, que “trataras de modificar tu comportamiento”, o que “buscaras eliminar tus malos hábitos”. Sin embargo, si queremos triunfar, debemos ser totalmente honestos con nosotros mismos. Y la honestidad comienza por llamar las cosas por sus verdaderos nombres y no por expresiones más sensibles o sustitutos más tolerables.

En esta metáfora, el mal representa todo pretexto, justificación, mentira, racionalización, miedo o falsa creencia que nos mantiene atados a una vida de mediocridad y nos impide lograr la calidad de vida que de verdad merecemos. En general, todo mal pertenece a una de estas dos categorías: las excusas y las actitudes limitantes.

En la categoría de excusas se encuentran las justificaciones, pretextos, evasivas, disculpas y las llamadas “mentirillas blancas”. De otro lado, la categoría de actitudes limitantes, está conformada por los miedos, dudas, explicaciones racionales, limitaciones y falsas creencias. Hablaré sobre la primera categoría.

Con frecuencia, utilizamos las excusas en nuestro afán por explicar por qué no hemos hecho aún aquello que sabemos que debíamos estar haciendo. La mayor diferencia entre éstas y las actitudes limitantes es que, en la mayoría de los casos, ni nosotros mismos creemos nuestras propias excusas. Sabemos que ellas simplemente no son ciertas. Son solamente una manera fácil de justificar nuestra mediocridad y quedar bien al mismo tiempo. “Siento haber llegado tarde, el tráfico estaba horrible”. Sin embargo, no fue el tráfico lo que hizo que llegáramos tarde. Sencillamente no hicimos un esfuerzo por estar tan temprano como debíamos, y para cubrir ese desatino o evitar las críticas, tomamos el camino más fácil, inventamos una excusa. Pero es claro que dar una excusa significa ser deshonestos con nosotros mismos o con alguien más.

Tan absurdo como pueda parecer, excusas como ésta son socialmente más aceptables que la verdad. Culpamos al tráfico porque no quedaría bien decir que la verdadera razón de nuestra tardanza era que no queríamos perdernos los últimos minutos del noticiero, o peor, por habernos levantado tarde. De la misma manera que no llamaríamos a nuestro trabajo a decir: “no voy a trabajar hoy porque le prometí a mi hijo que iría a la reunión de padres de familia.” En lugar de esto, simplemente llamamos y decimos que estamos enfermos.

No obstante, al igual que con cualquier otro mal, estamos pagando un precio muy alto por estas excusas socialmente aceptables, el precio de saber que no somos lo suficientemente seguros e íntegros como para enfrentar las consecuencias de hablar siempre con la verdad.

Las excusas son los males más comunes. Son una forma cómoda de eludir nuestras responsabilidades y justificar nuestra mediocridad, encontrando culpables por todo aquello que siempre estuvo bajo nuestro control. Las excusas son una manera de decir: “Yo lo hice pero no fue mi culpa”.

– Reprobé el examen pero la culpa fue del profesor que no nos dio tiempo para estudiar.

– No he avanzado en mi trabajo pero la culpa es de mi jefe que no aprecia mi talento.

– Fracasé en mi matrimonio pero la culpa es de mi esposa por no saber comprenderme.

Es posible que lo que estemos tratando de justificar con cualquiera de estas excusas sea una mala nota, un rechazo marital, un conflicto laboral o una crítica. Ahora bien, no hay nada malo con tratar de evitar estas situaciones poco placenteras. Sin embargo, debemos entender que evadirlas no nos permite enfrentar y corregir el problema real que necesita ser resuelto.

Lo que estas excusas buscan es exonerarnos de toda responsabilidad y colocarnos en el papel de víctimas. Lo peor de todo es que, mientras pensemos que alguien más es el culpable, no haremos nada para remediar dicha situación. Después de todo, no es nuestra culpa.

Hay solo tres verdades acerca de las excusas. La primera es que si verdaderamente querés encontrar una disculpa para justificar cualquier cosa, tené plena seguridad que la hallarás sin mayor dificultad.

Lo segundo de lo cual podés estar seguro una vez que comencés a utilizar cualquier excusa, es que encontrarás aliados. ¡Sí! No importa qué tan increíble y absurda pueda sonar tu excusa, vas a encontrar personas que la crean y la compartan. Tanto así, que las escucharás decir: “yo sé cómo te sentís porque a mí me sucede exactamente lo mismo”.

Finalmente, la tercera verdad es que una vez que las utilicés, notarás inmediatamente que nada habrá cambiado. El problema que estabas evitando enfrentar mediante la excusa continuará igual. No habrás avanzado hacia su solución sino que, habrás retrocedido. Peor aún, cada vez que utilizás dicha excusa, la llevás a un paso más cerca de convertirse en una realidad.

Cada vez que decís “no tengo tiempo” buscando justificar el no hacer lo que sabés que debés hacer, perdés un poco más de control sobre tu tiempo y vida. Pronto comenzarás a notar que estás viviendo una vida reactiva, de urgencia en urgencia, sin tiempo para hacer aquello verdaderamente importante. Cada vez tu excusa adquiere una mayor validez, hasta que termina por ser parte de tu realidad.

Repetir y reafirmar estar ideas y creencias errada tiene un efecto paralizante sobre nosotros. Lo interesante es que cuando nos detenemos a evaluar si dichas ideas son ciertas o no, descubrimos que muchas de ellas son falsedades que han perdurado gracias a que nadie tomó el tiempo para cuestionar su veracidad. Porque lo cierto es que todos tenemos todo el tiempo que necesitamos; ni un minuto más, ni un minuto menos. Tanto el triunfador como el fracasado cuentan con veinticuatro horas en su día. La única diferencia entre ellos es la manera en cómo eligen invertir el tiempo.

Indudablemente, las excusas son una manera simple de evitar lidiar con el peor enemigo del éxito: la mediocridad. Así que olvidáte de las excusas. Tus amigos no las necesitan y tus enemigos no las creerán de todas maneras.

Al ser compartidas por muchos, y repetidas con cierta frecuencia, un gran número de excusas terminan por convertirse en dichos y aforismos que adoptamos como si fueran fórmulas infalibles de sabiduría. La reiteración y el paso del tiempo las han convertido en dichos populares, a pesar de no ser más que mentiras revestidas de una fina capa de algo que se asemeja a la verdad.

Dichos como: “perro viejo no aprende nuevos trucos”, “árbol que crece nunca su tronco endereza”, popularizan dos ideas equívocas y absurdas: hacernos creer que existe una edad después de la cual es imposible aprender algo nuevo y buscar convencernos de que hay ciertos hábitos o comportamientos imposibles de cambiar.

Estas dos ideas no solo nos hacen sentir impotentes, sino que terminan por cegarnos ante la grandeza de nuestra propia capacidad para aprender y cambiar. Lo más curioso en torno a esta clase de males es que muy pocas veces cuestionamos la supuesta enseñanza que encierran. Asumimos que si se han convertido en dichos populares debe ser porque guardan una profunda verdad. No obstante, muchas veces lo que los han convertido en dichos es que son males compartidos por un gran número de personas. Por ejemplo, ¿te has preguntado si los siguientes refranes encierran alguna verdad, o si solo son males que oportunamente utilizamos para justificar una situación de conformismo que parece afectar a muchos?

– Es mejor malo conocido que bueno por conocer.

– Unos nacen con buena estrella y otros nacemos estrellados.

– Lo importante no es ganar o perder sino haber tomado parte en el juego.

– Ojos que no ven, corazón que no siente.

– Más vale poco que nada. (¡Qué mejor ejemplo de conformismo!)

Examinemos más de cerca estos refranes para apreciar cuál es el verdadero precio que estamos pagando por su uso.. imaginate por ejemplo, lo ilógico de decir “no” a una oportunidad profesional, prefiriendo mantenerse en un trabajo del cual no disfrutas y que no te está llevando a nada bueno simplemente porque “es mejor malo conocido que bueno por conocer”. Tan absurdo como esto pueda parecer, hay muchas personas que utilizan este viejo dis que refrán para justificar su inactividad, así el precio por su falta de acción sea una vida de mediocridad.

Ahora, ¿qué pensás de la idea de que para evitar sufrir es mejor vivir en la ignorancia porque después de todo “ojos que no ven, corazón que no siente”? No te imaginás cuántas personas prefieren no ir al médico, a pesar de las dolencias que les pueden estar achacando, influenciadas por esta absurda idea: o padres que no se atreven a preguntarle a sus hijos si algo anda mal, por miedo a lo que puedan descubrir, hasta cuando ya es demasiado tarde.

Así que, antes de apresurarte a usar alguna de estas supuestas “joyas de la sabiduría popular”, aseguráte de no estar perpetuando aquellos males que lo único que logran en tu vida es hacer más llevadero el conformismo… después de todo recordá que “mal de muchos, consuelo de bobos”.

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