La «conciencia intelectual»

Nada me parece hoy más inusual que la hipocresía auténtica. Es grande mi sospecha de que para esta planta es insoportable el dulce aire de nuestra cultura. La hipocresía pertenece a la época de la fe fuerte: cuando alguien no se deshacía de la fe que se tenía ni siquiera ante la coacción a aparentar otra fe. Hoy se abandona la propia fe o, lo que es todavía más usual, se procura una segunda fe; en todos los casos se permanece honesto.

No cabe duda de que hoy es posible una cantidad mucho mayor de convicciones que antaño: posible, es decir, permitido, es decir, inocuo. De allí surge la tolerancia para con uno mismo. La tolerancia para con uno mismo permite numerosas convicciones; estas incluso conviven en paz, se cuidan de comprometerse, como hoy hace todo el mundo. ¿Cómo se compromete hoy la gente? Cuando se es consecuente, cuando se camina en línea recta, cuando no es es ambiguo al punto de plantear al menos cinco significados, cuando se es auténtico…

Es grande mi temor de que el hombre moderno sea simplemente demasiado cómodo para algunos vicios, a tal punto que estos se extingan. Todo lo malvado que está condicionado por una voluntad fuerte degenera, en nuestro aire tibio, hacia la virtud… Los pocos hipócritas que he conocido imitaban la hipocresía: eran comediantes, tal como sucede hoy con casi un hombre de cada diez.

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