Error de la voluntad libre.

Hoy ya no tenemos compasión del concepto de voluntad libre: sabemos demasiado bien lo que es, el artilugio de teólogos peor reputado que existe, con el objetivo de hacer a la humanidad “responsable” en el sentido de los teólogos, es decir, de hacerla aprender de ellos. Ofrezco aquí solo la psicología de toda imputación de responsabilidad.

Dondequiera que se busquen responsabilidades, suele ser el instinto de querer castigar y juzgar el que las busca. Se ha despojado al devenir de los ropajes de su inocencia cuando un determinado modo de ser es retrotraído a la voluntad, a las intenciones, a los actos de responsabilidad: la doctrina de la voluntad fue esencialmente inventada con el objetivo de castigar, es decir, de querer encontrar a un culpable.

Toda la psicología antigua, la psicología de la voluntad, presupone que sus autores, los sacerdotes en la cumbre de las antiguas comunidades, querías otorgarse a sí mismo el derecho de imponer castigos, o querían otorgar ese derecho a Dios… Los hombres fueron concebidos “libres” para ser juzgados, para poder ser castigados, para poder ser culpables: en consecuencia, cada acción debía ser querida, el origen de cada acción debía encontrarse en la conciencia (con lo cual la falsificación más fundamental se transformó en principio de la psicología misma).

Hoy que hemos ingresado en el movimiento opuesto, que los inmoralistas buscamos con todas nuestras fuerzas extirpar de nuevo del mundo el concepto de culpa y el concepto de castigo, y purificar, eliminando estos conceptos, la psicología, la historia, la naturaleza, las instituciones y sanciones sociales, no existe ante nuestros ojos ninguna oposición más radical que la de los teólogos, que siguen contaminando, con su concepto de “orden moral del mundo” la inocencia del devenir mediante el “castigo y la “culpa”. El cristianismo es una metafísica del verdugo…

¿Cuál puede ser nuestra única doctrina? Que nadie le otorga al hombre sus atributos, ni Dios, ni la sociedad, ni sus padres y ancestros, ni él mismo. Nadie es responsable de existir, de que su constitución sea de tal y cual modo, de estar en estas condiciones; en este entorno. La fatalidad de su ser no puede desligarse de una intención propia, de una voluntad, de una finalidad; con él no se hace el intento de alcanzar un “ideal de hombre” o un “ideal de felicidad” o un “ideal de moralidad”. Es absurdo querer echar a rodar su ser hacia alguna finalidad. Nosotros hemos inventado el concepto de finalidad: en la realidad falta la finalidad… Uno es necesario, uno es un pedazo de fatalidad, uno pertenece a la totalidad, uno está en la totalidad; no hay nada que pueda juzgar, medir, comparar, condenar nuestro ser, pues esto significaría juzgar, medir, comparar, condenar la totalidad… ¡Pero no hay nada fuera de la totalidad!

Que a nadie más se impute responsabilidad, que el modo de ser no pueda ser remontado a una causa primera, que el mundo no sea una unidad ni como sensorium ni como “espíritu”; esto solo es la gran liberación; con esto únicamente se restablece la inocencia del devenir… El concepto “Dios” ha sido hasta ahora la mayor objeción a la existencia… Negamos a Dios, negamos la responsabilidad en Dios: solamente con esto redimimos al mundo.

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