Error de la confusión de causa y consecuencia.

No hay error más peligroso que confundir la causa con la consecuencia: esto se llama una auténtica corrupción de la razón. Sin embargo, este error se encuentra entre las costumbres más antiguas y más nuevas de la humanidad: entre nosotros incluso ha sido canonizado, se denomina “religión”, “moral”. Lo contiene toda tesis formulada por la religión y la moral; los autores de esa corrupción de la razón son los sacerdotes y los legisladores morales. Ilustro con un ejemplo: todo el mundo conoce el libro del célebre Cornaro, donde recomienda una magra dieta como receta para una vida larga y feliz. Pocos libros han sido tan leídos. Dudo mucho de que haya un libro (excluyendo la Biblia, obvio) que haya causado tanto daño, que haya acortado tantas vidas, como esta curiosidad tan bienintencionada.

La razón de ello: confusión de la consecuencia con la causa. El honesto italiano veía en su dieta la causa de su larga vida, mientras que la precondición de la larga vida, la extraordinaria lentitud del metabolismo, el consumo reducido, era la causa de su escasa dieta. Él no podía decidir libremente entre comer poco o mucho, su frugalidad no era una “voluntad libre”, cuando comía más, se enfermaba. Pero quien no sea una carpa no solo hace bien al comer adecuadamente, sino que lo necesita. Un erudito de nuestros días, con su rápido consumo de energía nerviosa, se condenaría a la muerte con el régimen de Cornaro.

La fórmula más general que se encuentra en la base de toda religión y toda moral reza del siguiente modo: “haz esto y aquello, no hagas esto y aquello, ¡así serás feliz! En otro caso…”. Toda moral, toda religión es este imperativo, lo llamo el gran pecado original de la razón, la sinrazón inmortal. Aquella fórmula se transforma en mi boca en su contraria, un primer ejemplo de la transvaloración de todos los valores: un hombre bien constituido, un “feliz”, debe realizar ciertas acciones e instintivamente siente rechazo por otras, inserta el orden que él representa fisiológicamente en sus relaciones con los hombres y las cosas. En una fórmula: su virtud es la consecuencia de su felicidad… Larga vida, numerosa progenie, no es la recompensa de la virtud, la virtud es, antes bien, aquella lentitud del metabolismo que tiene, entre otras consecuencias, una larga vida, una numerosa progenie, en breve, el cornarismo.

La iglesia y la moral dicen: “Un linaje, un pueblo, se arruinan por el vicio y el lujo”. La razón restablecida dice: cuando un pueblo se arruina, cuando degenera fisiológicamente, las consecuencias son el vicio y el lujo (es decir, la necesidad de estímulos cada vez más intentos y más frecuentes, tal como los conoce toda naturaleza agotada). Este joven palidece y se marchita prematuramente. Sus amigos dicen: esta y aquella enfermedad tienen la culpa de todo. Yo digo: que él se enfermara, que él no resistiera la enfermedad, ya era la consecuencia de una vida empobrecida, de un agotamiento hereditario. El lector de periódicos dice: este partido se arruina con esta equivocación. Yo digo: un partido que comete semejantes equivocaciones ya está acabado, ya ha perdido su seguridad instintiva. Toda equivocación, en todo sentido, es la consecuencia de una degeneración de los instintos, de una disgregación de la voluntad: casi se define con ello lo malo. Todo lo bueno es instinto y, en consecuencia, fácil, necesario, libre. El esfuerzo es una objeción; el dios se diferencia típicamente del héroe por ser de pies ligeros, el primer atributo de la divinidad.

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