Moral antinatural.

Todo naturalismo en la moral, es decir, toda moral sana, está dominada por un instinto vital; cualquier mandamiento de la vida se cumple con un determinado canon de “debes” y “no debes”; cualquier obstrucción y enemistad en el camino de la vida se elimina de este modo. La moral antinatural, es decir, casi toda la moral que hasta el presente ha sido enseñada, venerada y predicada, se dirige, a la inversa, precisamente contra los instintos vitales; es una condena, a veces solapada, a veces gritona e insolente de tales instintos. Al decir “Dios ve el corazón”, dice “no” a las apetencias más bajas y más altas de la vida, y pone a Dios como enemigo de la vida… El santo que agrada a Dios es el castrado ideal, la vida termina donde comienza el “reino de Dios”…

Cuando hablamos de valores, hablamos bajo la inspiración, bajo la óptica de la vida: la vida misma nos obliga a establecer valores, la vida misma valora a través de nosotros cuando establecemos valores… De ahí se sigue también que aquella antinaturaleza de moral, que concibe a Dios como concepto auténtico y como condena de la vida, sea también solo un juicio de valor de la vida. ¿De qué vida? ¿De qué forma de vida? Ya he dado la respuesta: de la vida descendente, debilitada, cansada, condenada. Moral, tal como ha sido comprendida hasta el presente, es el instinto de décadence mismo, que hace de sí un imperativo; esa moral afirma: “¡Perece!”, ella es el juicio de los condenados…

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