El bombardero suborbital Sänger y el misil de Nueva York.

Alemania. El proyecto más futurista y adelantado a su tiempo, con el que los nazis querían bombardear los Estados Unidos, era el “Bombardero Suborbital Sänger-Bredt” hermano lejano del “Bombardero Amerika”. De lejos, el más atrevido invento secreto de la aeronáutica alemana. Consistía en una nave que debería alcanzar una altitud espacial a la fantástica velocidad de mach 20, veinte veces la velocidad del sonido. A partir de ahí planearía durante miles de kilómetros rebotando en la superficie alta de la atmósfera. Finalmente, tras dejar caer su carga mortífera de bombas, regresaría del mismo modo a su base aterrizando a 500Km/h y desplegando unos paracaídas traseros que le facilitarían la maniobra tras haber cruzado la mitad del planeta. Y es que una de las novedosas características de esta nave era que podía ser reutilizada a las pocas horas de su aterrizaje. La travesía completa duraría nada menos que 27 horas.

Al contrario que el transbordador espacial de la NASA, el avión nazi no despegaría verticalmente sino en una plataforma de raíl de cuatro kilómetros de largo. Impulsado por tres cohetes Sänger (equivalente a 30 misiles V2) despegaría de la rampa de lanzamiento superando la velocidad del sonido. Se llegó a probar un tipo primitivo de esos cohetes, montados en vetustos camiones alemanes. Pero la potencia de los mismos era tal, que hubo que trasladas las pruebas a aviones en vuelo He 111.

Inicialmente se había pensado llevar a bordo de la nave una bomba única de cinco toneladas con uranio radiactivo en forma de polvo. Una vez denotada en Nueva York caería sobre la ciudad una nube radiactiva que sería mortal para todos sus habitantes.

Eugene Sänger, el inventor de la enorme nave espacial, logró huir a Austria sin ser capturado. Su proyecto durante la Guerra Fría fue uno de los más codiciados por ambas superpotencias. El dictador ruso Stalin intentó secuestrarlo en los años 50s y 60s para que construyera una nave parecida a bombardear a los estadounidenses desde el espacio.

Sin embargo, Sänger logró trabajar en París junto con su esposa. De sus trabajos salieron las ideas que llevarían a la NASA a construir el transbordador espacial, pero su invento nunca logró igualarse. Por eso actualmente la NASA tiene en experimentación el avión espacial X-33, muy superior al transbordador espacial y es una copia aproximada al bombardero que Sänger diseñó sesenta años atrás.

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Pero la aviación alemana no fue la única que intentó bombardear Nueva York. Otros de los secretos nazis vendrían de la mano de los cohetes. En esto los científicos alemanes habían sido pioneros iniciando y desarrollando la astronáutica, que después llevaría a la carrera espacial.

Corría 1943 y la mayor parte de la industria bélica de cohetes fue destinada a la base experimental de Peenemünde, un lugar en la costa alemana del Báltico. En ese lugar los ingenieros nazis estaban desde 1936 desarrollando diversos diseños de cohetes y armamento para la guerra. Al mando de todos ellos un hombre que posteriormente sería la clave en el desarrollo de la carrera espacial y la posterior llegada del hombre a la Luna: Wernher von Braun.

Aun así, la historia de los avances nazis en el campo de la ingeniería espacial comenzaron mucho antes con los diseños de los cohetes A1 y A2 que alcanzaban unos dos kilómetros de altura lo cual impresionaba a los entusiastas pero no al Alto Mando del ejército. Tras la llegada de Hitler al poder, la Luftwaffe dotó a von Braun de medios y de personal, decidiendo retirarlos a Peenemünde donde podrían realizar pruebas balísticas y trabajar con mayor tranquilidad. El objetivo marcado por los jerarcas nazis era claro, conseguir un arma de fácil transporte capaz de volar a unos 275 kilómetros de distancia con una cabeza explosiva de una tonelada. Su primer objetivo era bombardear Londres. El primer intento se realizó el 3 de octubre de 1942 con el diseño del primer misil en la historia: el V2. El cohete despegó correctamente y atravesó la barrera del sonido al medio minuto, consiguiendo una altitud de 85km y cayendo a una distancia de 190km.

La carrera por el espacio comenzaba y su aplicación en el campo bélico también, aunque por entonces la Luftwaffe no divisaba aún la posibilidad real de bombardear Londres con cohetes pero acabarían haciéndolo con las V2 y las V1. Estos últimos aparatos eran una mezcla de avión y misil dirigidos que se propulsaban mediante unos cohetes de reacción llamados “motores pulsantes”. Cuando casi todo estaba perdido los nazis llegaron incluso a diseñar las V1 Reichenberg. Una bomba volante pero con cabina de pilotaje para misiones suicidas al estilo kamikaze, pero nunca utilizaron el proyecto.

Pero para los proyectos más secretos, los ingenieros nazis albergaban en sus cálculos metas fantásticas. A partir de ahí incluso después de la guerra, toda la información sobre dichos proyectos fueron robados por las agencias de inteligencia estadounidense y rusa. Sin embargo, se ha demostrado que un año antes de finalizar la guerra se llevaron a cabo en Peenemünde las pruebas de los A4 con resultados sorprendentes. Lo cierto es que al llegar los aliados al lugar donde se probaban los cohetes, se encontraron las plataformas de lanzamiento artefactos mejorados del A4 con una autonomía de vuelo de unos 750km listos para despegar. Fue en ese mismo lugar donde los estadounidenses encontraron planos y proyectos del A9-A10 mejor conocido como “Bomba de Nueva York”.

Este gigantesco misil de 90m de altura debía elevarse al espacio y cruzar todo el Atlántico a velocidad supersónica en un largo planeo de 6000km. El ataque sería fulminante pues la misión se realizaría en 17 minutos.

Se llegaron a diseñar dos tipos. Uno de ellos era un modelo con cabina para pilotaje. Era el más avanzado que disponía de tres de aterrizaje y un enorme paracaídas que frenaría al cohete en su maniobra de regreso tal y como lo hacía hoy el transbordador espacial.

Este proyecto era en realidad el primer misil intercontinental de la historia, algo que después fabricarían los rusos y estadounidenses en la Guerra Fría, ayudados por los técnicos nazis. Uno de esos cerebros fugados era von Braun. Fue el jefe del “Programa Apolo” que catapultó a los estadounidenses a la superficie lunar. Un año después de esa hazaña lo nombraron jefe de la NASA, cargo que ocupó hasta su muerte en 1977.

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