La oración.

La oración, esa costumbre de tiempos pasados que aún no ha desaparecido por completo, sólo puede tener sentido con dos condiciones: primera, que sea posible determinar o cambiar los sentimientos de Dios, y segunda, que el que reza sepa qué es lo que le hace falta, lo que le sería realmente provechoso. Estas dos condiciones, aceptadas y transmitidas por todas las demás religiones, han sido negadas por el cristianismo; si, pese a ello, el cristianismo ha seguido conservando la oración, paralelamente a la fe en una razón omnisciente y providente, por lo que, en suma, la oración pierde su sentido definitivo y se convierte en algo casi blasfematorio, lo que ha hecho ha sido demostrar así su asombrosa astucia de serpiente.

Un mandamiento terminante y claro, como “no rezarás”, por ejemplo, habría arrojado a los cristianos a la impiedad por aburrimiento. En el axioma cristiano “ora et labora” el ora sustituye al placer: y, ¿qué hubiera sido sin el ora de los santos, esos desgraciados que rechazaban el labora? Pero hablar con Dios, pedirle mil cosas agradables, divertirse un poco al ver que se podían seguir teniendo deseos, pese a contar con un padre perfecto, constituía para los santos un invento excelente.


			
						
		

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