La Dictadura de Hitler.

Capítulo XIII.

         Hitler, desde el primer día en que formó parte del Gobierno alemán, demostró claramente bien su designio: llevar las riendas del poder, sin tener que dar cuenta a nadie de su política ni de las medidas que tomase o pudiese tomar.

         Necesitaba para ello coaligar perfectamente al presidente, al ejército y a los nacionalistas, y para ello ejecutó una especie de jugada maestra: la ceremonia que tuvo lugar el 21 de marzo de 1933 en la iglesia de la Guarnición de Potsdam a fin de solemnizar la apertura del nuevo Reichstag dos días antes de discutirse la Ley de Plenos Poderes. La fecha, era aniversario del día en que Bismarck inauguró el primer Reichstag del Imperio Alemán en 1871. Hitler eligió la misma fecha, sesenta y dos años más tarde, para inaugurar su primer Reichstag del Tercer Reich.

         El trono del káiser estaba vacío, e inmediatamente detrás del mismo se sentó el antiguo príncipe de la Corona, de gran gala. En el coro del templo se instalaron los diputados nazis, ataviados con sus camisas pardas, entre los nacionalistas y los miembros del Partido de Centro. Desde luego, no figuraba ni un solo comunista. De repente, penetraron en la iglesia los miembros del Gobierno. Pero las miradas sólo se centraron en dos hombres: Adolfo Hitler, con su traje de etiqueta y capa de corte, y el presidente, el anciano Hindenburg.

         Hitler pronunció un discurso, dirigido indudablemente a los representantes del viejo régimen allí presentes:

La revolución de noviembre de 1918 puso fin a un conflicto en el que la nación alemana se había visto impulsada por su convicción más sacrosanta, es decir, proteger su libertad y su derecho a la vida. Ni el káiser, ni el gobierno ni el pueblo deseaban la guerra. Fue solamente el colapso de nuestra nación el que obligó a una raza debilitada a cargar sobre sí, contra sus más sagradas convicciones, la culpa del conflicto.

Gracias a un resurgimiento sin precedentes, en las últimas semanas ha sido restaurado nuestro honor nacional, y gracias a su comprensión, señor mariscal de campo (Hindenburg), la unión entre los símbolos de la antigua grandeza y de la nueva fuerza han quedado sellada. Permítame que por ella les rinda homenaje. Una providencia protectora los coloca sobre las nuevas fuerzas de nuestra nación.

          Acto seguido, el canciller Adolfo Hitler se situó ante el viejo mariscal, lo saludó con una profunda reverencia y le estrechó la mano. De esta manera quedaba establecida la sucesión presidencial.

         Dos días más tarde se reunió el Reichstag en su instalación provisional de la Kroll Opera Haus, y allí se desenmascaró el verdadero nazismo. Cuando entraron los diputados en la vasta sala, se dieron cuenta de que detrás de la tribuna ocupada por todo el Gobierno y el presidente, llenaba el muro una gran bandera con la esvástica. Fuera del edificio, todos tenían que pasar entre dos filas de hombres de las SS, ataviados con camisas negras.

         Hitler pronunció un discurso de apertura moderado.

 El Gobierno solamente hará uso de los plenos poderes que solicita cuando sean necesarios para llevar a cabo las medidas de interés vital. Ni la existencia del Reichstag ni de la Reihsrat se hallan amenazadas. La posición y los derechos del presidente continuarán intangibles. La tarea primordial del Gobierno será trabajar constantemente en armonía con sus aspiraciones.

         La existencia separada de los Estados federales no sufrirá modificación alguna. Los derechos eclesiásticos se mantendrán íntegros y no se modificarán sus relaciones con el Estado. El número de casos en que surja una necesidad interna de recurrir a esta ley será muy limitado. Sin embargo, el Gobierno insiste con toda su fuerza en la precisión de aprobar dicha ley. El Gobierno prefiere una decisión clara.

         (…)

         El Gobierno –finalizó Hitler- ofrece a los partidos del Reichstag la ocasión de una colaboración amistosa. Pero está igualmente dispuesto a seguir adelante en el caso de negativa y frente a las hostilidades que resultaren de tal negativa. A ustedes, señores del Reichstag, les toca decidir entre la guerra y la paz.

        La sesión se suspendió y al reanudarse fue el líder socialdemócrata, Otto Weis, quien hizo uso de la palabra. Mientras avanzaba hacia la tribuna, se oyeron fuertes gritos de “¡Queremos la aprobación del proyecto, o todo irá a sangre y fuego!”

         Sin embargo, Otto Weis intentó oponerse a la votación a favor de la ley. Entonces, explotó Hitler. Arrollando a Von Papen, que intentaba detenerlo, subió de nuevo a la tribuna y aulló sus palabras, demostrando su carácter brutal, burlón y sanguinario.

          ¡No necesito sus votos! –gritó a los socialdemócratas-, Alemania será libre, pero no con ustedes. No nos confundan con la burguesía. La estrella alemana está en ascenso. La de ustedes se halla a punto de desaparecer. Las campanas ya doblan a muerto por ustedes.

          Más tarde, se procedió a la votación y Göring (presidente del Reichstag) leyó los resultados: 441 en favor de la ley; 94 en contra. Los nazis se levantaron y entonaron el himno Horst Wessel, con el brazo extendido.

         En la plaza, la multitud empezó a lanzar gritos de júbilo y aprobación. Los nazis y Hitler podían estar satisfechos. Gracias a la Ley de Plenos Poderes, gozarían de independencia absoluta de acción, sin que tuvieran que dar cuenta a nadie de sus actos. Hitler era el verdadero dictador de Alemania, y no dependía siquiera del viejo presidente, que pasaba a ser sólo un símbolo arrinconado, un muñeco de trapo que pronto dejaría incluso de figurar en ninguna parte.

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