Cristianismo. Parte VII.

Con lo que acabo de decir he llegado a mi conclusión; pero antes de dar por finalizado este escrito voy a dictar mi sentencia. Yo condeno al cristianismo, yo lanzo contra la Iglesia cristiana la más terrible de las acusaciones que haya formulado jamás fiscal alguno. Considero que dicha Iglesia representa la mayor corrupción imaginable, que significa la voluntad de corromper de la forma más definitiva posible. La Iglesia cristiana no ha dejado de corromper cuanto ha tocado; ha desvalorizado todo lo valioso; ha convertido toda verdad en mentira, y toda honestidad en vileza del alma.

¡Que alguien se atreva a seguir hablando de sus beneficios “humanitarios”! Eliminar toda la calamidad iba en contra de la utilidad más importante que perseguía, porque la Iglesia se ha alimentado de calamidades y ha producido calamidades con el fin de conservarse a sí misma. La Iglesia ha sido la que ha enriquecido a la humanidad con esa auténtica calamidad que es el gusano del pecado. La dinamita cristiana es esa mentira, ese pretexto para dar salida a los rencores de quienes tienen sentimientos viles, ese concepto explosivo que ha acabado estallando en revoluciones, esa idea moderna, generadora de la decadencia de todo orden social, que es la creencia en la “igualdad de las almas ante Dios”.

¿Cómo se puede hablar de los beneficios humanitarios del cristianismo? Para mí, los “beneficios” del cristianismo han sido convertir a la humanidad en algo contradictorio, elevar la deshonra a la categoría de un arte, querer mentir a cualquier precio, despreciar todos los instintos buenos y honrados, y sentir repugnancia de ante éstos. Y no solo eso. Habría que añadir que el parasitismo ha sido lo único que ha practicado la Iglesia; que, con su ideal de anemia y de santidad, se ha bebido hasta la última gota de sangre, de amor y de esperanza vital; que con su idea del “más allá” ha querido negar toda realidad, que bajo el signo de la cruz ha llevado a cabo la más subterránea conspiración que ha existido jamás contra la salud, la belleza, la buena constitución, la valentía, la inteligencia y la bondad del alma: contra la vida misma, en suma.

Voy a escribir esta acusación en todas las paredes del mundo y lo haré con letras que podrán ver hasta los ciegos. Considero que el cristianismo es la única gran maldición, la única gran perversión que afecta a lo más profundo del ser humano, el único gran instinto de venganza para el que no hay medios lo bastante venenosos, subterráneos y ruines. Considero que es la única mancha inmortal que ha deshonrado a la humanidad.

¡Y pensar que medimos el tiempo tomando como punto de partida el día nefasto en que comenzó semejante fatalidad, el día primero del cristianismo! ¿No sería mejor medir el tiempo a partir de su último día? ¿A partir de hoy? ¡Inversión de todos los valores!

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