Cristianismo. Parte VI.

Lo que nos distingue no es que nosotros no hayamos descubierto a un Dios ni en la historia, ni en la naturaleza, ni en un más allá de ésta, sino que consideremos que lo que se ha venerado como Dios es algo lastimoso, absurdo, nocivo; que no solo es un error, sino que significa un crimen contra la vida. Nosotros negamos a Dios, en cuanto Dios. Si nos demostraran que ese Dios de los cristianos existe, menos aún podríamos creer en él. En suma, el Dios que creó San Pablo implica la negación de Dios.

Una religión como el cristianismo, que no tiene ningún punto de contacto con la realidad, que se evapora en cuento la realidad reclama sus derechos, aunque solo sea un ámbito, ha de ser enemiga mortal de la sabiduría del mundo, es decir, de la ciencia. Una religión así considerará que todo medio es bueno si con él se puede envenenar, calumniar y desacreditar la disciplina del espíritu, la pureza y la rigidez en las cuestiones de conciencia del espíritu. Una fe impuesta representa un veto lanzado contra la ciencia, y, en la práctica, significa la mentira a toda costa.

San Pablo comprendió que esa mentira de la fe resulta necesaria; posteriormente, la Iglesia comprendería a su vez a San Pablo. El Dios que se inventó, ese Dios que reduce a la nada la sabiduría del mundo, no es, en realidad, otra cosa que la decisión firme de San Pablo en llamar Dios a su voluntad personal: el concepto de thora (doctrina) es algo esencialmente judío. Es San Pablo quien quiere aniquilar la sabiduría del mundo. Sus enemigos son los buenos filólogos y médicos de la escuela de Alejandría, y a ellos trata de combatir. Realmente, no se puede ser filólogo y médico sin ser a la vez anticristiano. Un filólogo examina qué es lo que hay detrás de los “libros sagrados”; un médico investiga qué es lo que hay detrás de la degeneración fisiológica de este tipo al que llamamos cristiano. El médico diagnosticará que esa degeneración es incurable; el filólogo terminará viendo en sus “libros sagrados” una pura palabrería hueca.

¿Se ha entendido bien lo que significa la conocida historia que hay al principio de La Biblia, relativa al pánico atroz que experimenta Dios ante la ciencia? Evidentemente que no. Ese libro sacerdotal (Génesis) por excelencia comienza, como es evidente, con la mayor dificultad con que se enfrenta el sacerdote interiormente. Para él no hay nada más que un gran peligro: luego a Dios le tiene que suceder igual. El antiguo Dios, espíritu pleno, sumo sacerdote pleno, perfección plena, se pasea tranquilamente por el paraíso, por el Edén. Pero se aburre. Y es que ni siquiera los dioses logran vencer el aburrimiento. ¿Qué hace? Inventa al hombre, y el hombre le resulta divertido. Pero también el hombre se aburre. Dios se apiadó entonces, hasta extremos limitados, de esa única molestia que provocan todos los paraísos y, acto seguido, creó también otros animales. Con ello cometió Dios su primer error, porque al hombre no le parecieron divertidos los animales: los dominó y no quiso pasar a ser un “animal” más. Ante esto, Dios creó a la mujer. Al momento acabó el aburrimiento, pero también se puso punto final a otras cosas. La mujer fue el segundo error de Dios. En su esencia, la mujer, Eva, es la serpiente. Esto lo saben bien todo sacerdote. De la mujer vienen todos los males al mundo. También esto lo sabe todo sacerdote. En consecuencia, también la ciencia procede de ella. Solo por medio de la mujer llegó el hombre a probar el fruto del árbol de la ciencia.

¿Qué sucedió entonces? Que un pánico terrible se apoderó de Dios. El propio hombre había sido un máximo fallo, porque se había creado un rival, ya que la ciencia hace a los hombres iguales a Dios. Si el hombre se hace científico, se acaban los sacerdotes y los dioses. Moraleja: la ciencia es en sí lo prohibido, lo único prohibido. La ciencia es el primer pecado, el germen de todo pecado, el pecado original. La moral se reduce a este imperativo: no conocerás. El resto no es más que una consecuencia de esto.

Con todo, el terrible pánico de Dios no oscureció su sagacidad. Durante mucho tiempo se estuvo preguntando: ¿Cómo es posible defenderse de la ciencia? Y su respuesta fue: expulsando al hombre del paraíso, porque la felicidad y la ociosidad incitan a pensar, y todo pensamiento es algo malo. El hombre no debe pensar. Y el sacerdote en sí inventó la indigencia, la muerte, el peligro mortal del embarazo, todo tipo de miserias, la vejez, el cansancio y, sobre todo, la enfermedad, como medios para luchar contra la ciencia. La indigencia impide al hombre pensar. No obstante, ocurrió algo espantoso: la obra del conocimiento se fue elevando como una torre que llegó a alcanzar el cielo, provocando el crepúsculo de los dioses. ¿Qué hacer entonces? El viejo Dios inventó la guerra, que separa a los pueblos entre sí y hace que los hombres se exterminen mutuamente. Entre otras cosas, la guerra representa una grave perturbación para la paz que requiere la ciencia. Parecerá imposible, pero, a pesar de las guerras, fue aumentando el conocimiento y con él la liberación del dominio ejercido por el sacerdote. El viejo Dios tomó una última decisión: “Ya que el hombre se ha hecho científico, no me queda otro remedio que ahogarlo.”

Espero que se me haya entendido. Ya en el principio de La Biblia se halla contenida toda la psicología del sacerdote. Para él no hay nada más que un grave peligro: la ciencia, la sana idea de causa y efecto. Pero, por lo general, la ciencia solo avanza cuando se dan determinadas circunstancias que le son propias: para conocer hay que disponer de tiempo, hay que tener inteligencia de más. En consecuencia, hay que hacer al hombre desgraciado. Ésta ha sido la lógica del sacerdote.

Y nació el pecado. Las ideas de culpa y castigo, todo el orden moral del mundo, se inventaron contra la ciencia, contra la liberación del hombre respecto al sacerdote. El hombre no debe mirar afuera, sino recogerse en su interior, no debe leer dentro de las cosas con sagacidad y con prudencia para poder aprender; no debe mirar nada en absoluto: debe sufrir, y ha de hacerlo de tal forma que en todo momento necesite al sacerdote. ¡Abajo los médicos! Lo que se necesita es un sacerdote.

Las ideas de culpa y de castigo, incluidas las de “gracia”, “redención”, “perdón”, han sido inventadas para destruir en el hombre el sentido de las causas: representan un atentado contra el concepto de causa y efecto, y no un atentado con los puños, con un cuchillo, con un odio y un amor sinceros, sino un atentado surgido de los instintos más cobardes, astutos y ruines; un atentado propio de los sacerdotes, de parásitos, un vampirismo característico de sanguijuelas blanquecinas y subterráneas.

Si se considera que las consecuencias naturales de un acto no son “naturales”, sino que están producidas por ideas fantasmagóricas y supersticiosas, que son consecuencias puramente morales, entonces quedará destruida la condición previa de todo conocimiento: se habrá cometido el mayor crimen posible contra la humanidad.

El pecado, esa forma por antonomasia que tiene el hombre de deshonrarse a sí mismo, fue inventado para hacer imposible la ciencia, la cultura y todo lo que puede haber en el hombre de elevado y de aristocrático. El dominio del sacerdote se hace posible gracias a ese invento que es el pecado.

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