Cristianismo. Parte V.

¿Qué se deduce de esto? Pues que habría que ponerse guantes antes de leer el Nuevo Testamento. El tener que acercarse a tanta basura lo hace aconsejable. Del mismo modo que no tendríamos voluntariamente relaciones sociales con los judíos polacos, tampoco elegiríamos para nuestro trato a unos “primeros cristianos”. No hay que buscar razones contra ellos: simplemente es que tanto unos como otros despiden mal olor. He estado buscando inútilmente en todo el Nuevo Testamento un solo rasgo que me resultara simpático, pero no he visto en él nada que sea libre, bueno, franco, sincero. En ese libro la humanidad no ha evolucionado ni lo más mínimo: hasta el instinto de la limpieza. En el Nuevo Testamento no hay nada que malos instintos, y ni siquiera se los valora. Todo en él es cobardía, cerrar los ojos y engañarse a uno mismo. Después de leer el Nuevo Testamento, cualquier otro libro nos parecerá limpio. Por poner un ejemplo, después de leer a San Pablo, he leído con mucho deleite a aquel burlón encantador y descarado que fue Petronio, a quien podría aplicarse lo que Domenico Boccaccio escribió al dique de Parma, respecto a César Borgia: é tutto festo; inmortalmente sano, inmortalmente alegre y bien formado.

Esos santurrones de vía estrecha se equivocan precisamente en lo fundamental. Atacan, pero todo lo que es atacado por ellos lo toman distinguido en virtud de su acción. Cuando un “cristiano primitivo” ataca a alguien, no lo mancha, sino todo lo contrario: es un honor tener en contra a un “primer cristiano”. No podemos leer el Nuevo Testamento sin sentir simpatía por todo lo que ahí se condena, y no hablemos ya de la “sabiduría de este mundo”, que un atrevido cabecilla intentó inútilmente desprestigiar a base de “una prédica estúpida”. Hasta los escribas y fariseos salen ganando al tener semejantes enemigos; algún valor deberían de poseer cuando los odiaron de una forma tan indecorosa. ¡Menuda paradoja supone que los “primeros cristianos” los tachen a ellos precisamente de hipócritas! Pero no nos debemos extrañar: en última instancia, los escribas y los fariseos pertenecían a un testamento privilegiado y eso era suficiente, ya que el odio de paria (chandala) no necesita de ningún razonamiento para justificar sus dardos.

El “primer cristiano”, y me temo que también el último es, desde lo más íntimo de su instinto, un rebelde contra todo lo privilegiado: vive y lucha constantemente en pro de la “igualdad de derechos”. Si nos fijamos un poco, veremos que no le queda otra alternativa. Si alguien pretende ser un “elegido de Dios”, un “templo de Dios” o un “juez de los ángeles”, cualquier otro principio de elección, que se base en la sinceridad, en la inteligencia, en la virilidad, en el orgullo, en la belleza o en la libertad del corazón, pasará a ser automáticamente el “mundo”, el mal en sí. Moraleja: toda la palabra que pronuncie un “primer cristiano” es una mentira, todo acto que realice es una falsedad instintiva, y todos sus valores y fines son nocivos. Pero aquél y aquello que odien tienen por ello mismo un valor. El cristiano, y principalmente el que además es sacerdote, constituye un criterio de valor.

No hay más que un personaje en todo el Nuevo Testamento que merezca nuestra consideración. Me refiero a Pilatos, el gobernador romano, el cual no pudo tomarse en serio lo que no era más que una disputa entre judíos. ¿Qué importancia tenía un judío más o un judío menos? La aristocracia ironía de la palabra “verdad”, enriqueció el Nuevo Testamento con la única frase auténticamente valiosa, la que constituye su crítica e incluso su aniquilamiento. ¿Qué es la verdad?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.