Cristianismo. Parte IV.

El destino del evangelio quedó decidido en el momento mismo de la muerte; quedó pendiente de la cruz. Solo la muerte en la cruz, esa muerte infamante e inesperada, que por lo general estaba reservada exclusivamente a la canalla, esa paradoja tan horrible fue lo que hizo que los discípulos se plantearan el auténtico interrogante: “¿Quién fue?, ¿qué fue?” Es muy comprensible que sus sentimientos se vieran afectados e incluso ofendidos en lo más íntimo, que sospecharan de que quizá una muerte así significaba la refutación de su causa, que se preguntaran horrorizados por qué su maestro había muerto precisamente de esa forma.

Todo aquello tenía que ser necesario, poseer un sentido, una explicación, una razón suprema. El amor de un discípulo no tiene en cuenta el azar. Solo entonces quedó abierto el abismo: “¿Quién lo ha matado?, ¿quién era su enemigo declarado?” La pregunta saltó de un modo fulminante. Y la respuesta fue: el judaísmo dominante, su estamento rector. Desde entonces, los discípulos se consideraron rebeldes contra el orden establecido, y posteriormente concibieron a Jesús como un ser que se había rebelado contra dicho orden. Hasta ese momento su imagen no presentaba ese rasgo belicista y negador de palabra y de obra; más aún, ese rasgo estaba en contradicción con su auténtica realidad.

Es evidente que la reducida comunidad cristiana no entendió lo que se significaba exactamente, de forma esencial y ejemplar, esa forma de morir: la liberación de toda forma de resentimiento y la superación del mismo. Ello indica lo poco que llegaron a entender a Jesús. Con su muerte, Jesús no pudo querer en sí otra cosa que ofrecer públicamente la prueba más concluyente, la demostración de su doctrina. Pero sus discípulos estaban muy lejos de perdonar esa muerte, lo cual habría resultado evangélico en el más alto grado, y menos aún de entregarse a una muerte semejante con el corazón embriagado por una paz dulce y serena.

El sentimiento que acabó para imponerse una vez más fue precisamente el menos evangélico de todos: la venganza. Era imposible que esa muerte hubiese puesto punto final a su causa. Se requería una reparación, un juicio, pese a que las ideas de reparación, castigo y juicio resultaban totalmente ajenas y contrarias al evangelio. Reapareció la esperanza popular en la llegada de un Mesías, y esta expectativa respondió a las exigencias de un momento histórico: el “reino de Dios” descendería a este mundo para juzgar a sus enemigos.

De este modo, la concepción evangélica quedó totalmente trastocada: el “reino de Dios” fue entendido en términos de un acto final, de una promesa; cuando precisamente lo que en el evangelio señalaba era que el “reino de Dios” estaba ahí, que se había cumplido, que era una realidad. La muerte de Cristo era precisamente ese “reino de Dios”.

Fue en este momento cuando se proyectó sobre la figura de un Jesús todo ese desprecio y toda esa amargura contra los teólogos y los fariseos, con lo que convirtieron al maestro en un fariseo y en un teólogo más. Por otra parte, la veneración, convertida ya en fanatismo, de esas almas desquiciadas no pudo seguir soportando la enseñanza de Jesús de que todos los hombres tienen idéntico derecho a ser hijos de Dios. Su venganza consistió en elevar a Jesús de una manera desmesurada, en desvincularlo incluso de sus propios discípulos. En realidad no hicieron otra cosa lo que antaño habían llevado ya a cabo los judíos cuando, en un afán de venganza contra sus enemigos, habían alejado a su Dios de ellos mismos para elevarlo a las alturas. Las ideas de un Dios único y de un único hijo de Dios no fueron otra cosa que un producto más del resentimiento.

Fue entonces cuando se planteó una cuestión absurda: “¿Cómo había podido Dios permitir eso?” Y la perturbada razón de aquella pequeña comunidad respondió de una forma auténticamente terrible y absurda: Dios había ofrecido a su hijo como víctima para remisión de todos los pecados. Con ello se liquidaba el evangelio de un plomazo. El sacrificio expiatorio, y en su forma más repugnante, más bárbara, el sacrificio del inocente para pagar los pecados de los culpables, era un horrendo paganismo.

¿No había eliminado Jesús efectivamente, el concepto de “culpa”?; ¿no había suprimido todo abismo entre Dios y el hombre?; ¿no había vivido esa unidad de Dios y hombre, que era precisamente en lo que consistía su “buena nueva”? ¡Y ello no como un privilegio!

Desde ese momento se fueron incorporando sucesivamente al tipo de redentor la doctrina del juicio y de la segunda venida de Cristo, la idea de la muerte entendida como sacrificio, el dogma de la resurrección; mientras que se escamoteaba todo el concepto de “bienaventuranza”, que era la única y total realidad del evangelio, en aras de un estado posterior a la muerte.

San Pablo, con esa insolencia de rabino que lo caracterizó, le dio una forma lógica a esa desvergonzada concepción: “Si Cristo no resucitó de entre los muertos, vana es nuestra fe”. De repente, convirtieron el evangelio en la más despreciable de todas las promesas incumplibles: la desvergonzada doctrina de la inmortalidad personal. Y, por si fuera poco, San Pablo la predicó interpretándola en términos de premio.

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