Cristianismo. Parte III.

La historia del pueblo de Israel constituye un ejemplo inestimable de lo que es la historia de la desnaturalización de los valores naturales. Voy a hacer referencia a cinco hechos de ésta.

Al comienzo, principalmente en la época de los reyes, Israel mantuvo con todas las cosas una relación correcta, es decir, natural. Su Dios Yavé era la manifestación de la conciencia del poder, de la autosatisfacción, de la autoesperanza. Su pueblo esperaba de él que lo condujera a la victoria y a la salvación, confiando con él en que la naturaleza le suministraría todo lo necesario, empezando por la lluvia. Yavé es Dios de Israel, y, en consecuencia, es el Dios de la justicia. Así razona todo pueblo que tiene poder y que es bien consciente de ese poder. En las celebraciones del culto se manifiestan estos dos aspectos de la autoafirmación de un pueblo: está agradecido por los grandes destinos en virtud de los cuales se ha encumbrado, y está agradecido también por el ciclo de las estaciones y por prosperidad que alcanza en la agricultura y en la ganadería.

Este estado de cosas siguió constituyendo un ideal durante mucho tiempo, incluso cuando fue abolido por la anarquía interior y por la acción de los asirios desde el exterior. Con todo, el pueblo conservó, como aspiración suprema, aquella imagen de un rey, buen soldado y severo juez, que principalmente Isaías, un profeta característico (es decir, un crítico y un satírico de su época), propició. Pese a ello, todas estas esperanzas se vieron frustradas. El antiguo Dios no podía seguir ya dando muestras de su poder de antaño. El pueblo debería haberlo abandonado. ¿Qué ocurrió en cambio? Que se transformó y se desnaturalizó la idea de Dios; tal fue el precio que tuvieron que pagar por conservarlo.

Yavé, el Dios de la justicia, no se identificaba ya con Israel; dejó de ser la expresión del sentimiento que un pueblo tiene de sí mismo, su concepto se convirtió en un instrumento en manos de agitadores sacerdotales que, desde ese momento, interpretaron toda felicidad en términos de premio y toda desgracia en términos de castigo por la desobediencia a Dios, por “el pecado”. Esta forma tan falaz de interpretación es característica de la presunción de que existe un “orden moral en el mundo”. Con ella se invertían, de una vez para siempre, los conceptos naturales de “causa” y “efecto”. Una vez que se destierra del mundo la causalidad natural, mediante la teoría de los premios y castigos, se recurre necesariamente a una causalidad antinatural, la cual trae consigo todo el resto de cosas antinaturales: un Dios que exige (y no un Dios que ayuda, que aconseja, que es la palabra que designa toda aspiración feliz del valor y de la autoconfianza) y una moral que deja de ser la expresión de las condiciones de vida y del desarrollo de un pueblo, su instinto vital más profundo para convertirse en algo abstracto, en una antítesis de la vida. La moral pasa a ser una forma de pervertir las cosas con ayuda de la imaginación; de echar “mal de ojo” a todo.

¿Qué es la moral judía, qué es la moral cristiana? El azar, que ha perdido su inocencia; la desgracia, impurificada por la idea del “pecado”; el bienestar, interpretado como tentación; el malestar fisiológico, envenenado por el gusano de la conciencia.

Pero los sacerdotes judíos no se dieron por satisfechos con falsear la idea de Dios y la moral. Como no podían hacer uso de toda la historia de Israel, se desprendieron de ella. Tales sacerdotes realizaron esa maravilla de falsificación de la que en buena parte es testimonio La Biblia. Con un desprecio absoluto de toda tradición, de toda realidad histórica, interpretaron desde un ángulo “religioso” el pasado de su pueblo; es decir, lo convirtieron en una estúpida dinámica de salvación y de culpabilidad respecto a Yavé, de castigo, de devoción a Dios y de recompensa. Nos dolería mucho más ese acto tan vergonzoso de falsificación histórica, si la interpretación que la Iglesia ha hecho durante milenios de ese proceso no nos hubiera vuelto casi insensibles a las exigencias de honradez en cuestiones históricas.

Por si fuera poco, a la Iglesia la secundaron los filósofos. La mentira del “orden moral del mundo” es algo que se mantiene a lo largo de la historia hasta llegar a la filosofía moderna. ¿Qué significa el “orden moral del mundo”? Que existe, de una vez para siempre, una voluntad de Dios respecto a lo que el hombre debe hacer o dejar de hacer; que el valor de un pueblo o de un individuo se mide en función de su mayor o menor obediencia a la voluntad de Dios; que en los destinos de un pueblo o de un individuo la voluntad de Dios resulta decisiva, es decir, que premia o castiga según el grado de obediencia.

Frente a tan lamentable mentira, la realidad afirma: Ese tipo humano parasitario que es el sacerdote, el cual únicamente prospera a costa de las formas más sanas de la vida, comete un abuso utilizando el nombre de Dios: llama “reino de Dios” a una situación en la que es el sacerdote quien determina el valor de las cosas; llama “voluntad de Dios” a los medios que utiliza para alcanzar o conservar dicha situación; con un frío cinismo, valora los pueblos y los individuos tomando como medida el grado en que han favorecido o perjudicado la supremacía de los sacerdotes.

Veamos cómo actuaron. Por obra de los sacerdotes judíos, la época más esplendorosa de la historia de Israel se convirtió en una época de decadencia; el exilio con toda su dilatada desventura pasó a ser un castigo eterno en pago por la época anterior de esplendor, es decir, por una época en la que el sacerdote no representaba nada todavía. De las figuras más poderosas y más independientes de la historia de Israel, hicieron, a tenor de sus conveniencias, miserables mojigatos, beaturrones o “ateos”. Simplificaron la psicología de todos los grandes acontecimientos hasta dejarla reducida a esa fórmula estúpida de “obediencia o desobediencia a Dios”.

Luego dieron un paso más. La “voluntad de Dios”, es decir, las condiciones que permiten que el sacerdote siga conservando su poder, ha de ser conocida, y para ello requiere una “revelación”. Hablando en plata, resulta necesaria una gran falsificación literaria: se descubren unas “sagradas escrituras”, que se hacen públicas con toda pompa hierática, con días de penitencia y llantos de lamentación por el largo período de “pecado”. La “voluntad de Dios” había quedado fijada desde hacía mucho tiempo, y toda la desgracia debía haber vuelto la espalda a las “sagradas escrituras”.

La “voluntad de Dios” se le había revelado ya a Moisés. ¿Qué es lo que pasó realmente? Que el sacerdote formuló “qué era lo que quería tener”, cuál era la “voluntad de Dios”, y ello con un rigor y pedantería tales que llegaba incluso a determinar los tributos grandes y pequeños que debía pagar el pueblo. Desde entonces, todas las cosas de la vida quedaron ordenadas de tal modo que el sacerdote resulta indispensable en todo momento. En todos los acontecimientos naturales de la vida (nacimientos, matrimonios, enfermedades, defunciones, etc.), aparecía el parásito sagrado para desnaturalizarnos, para santificarnos.

Es preciso entender que toda costumbre y toda institución naturales (el Estado, la justicia, el matrimonio, la asistencia a los pobres y enfermos), toda exigencia inspirada por el instinto de vida, en suma todo lo que tiene su valor en sí, queda convertido por la acción del sacerdote (o en virtud del “orden moral del mundo”) en algo exento, por principio, de valor, en algo contrario al valor. Posteriormente, se precisa una sanción, un poder que sea el que confiere valor, negando así la naturaleza y creando un valor. El sacerdote desvaloriza, le quita su santidad a la naturaleza. Ese es el precio que hay que pagar solo para que él subsista.

La desobediencia a Dios, es decir, al sacerdote, a la ley, recibe ahora el nombre de “pecado”. Las formas de volver a “reconciliarse con Dios”, serán los medios que garantizan un modo más radical aún la sumisión a los sacerdotes. El sacerdote es el único que goza del poder de “redimir”. Considerando esto desde un ángulo psicológico, los “pecados” son algo indispensable en toda sociedad organizada a la manera sacerdotal. Son los auténticos instrumentos del poder; el sacerdote vive gracias a los “pecados” necesita que se “peque”. El axioma fundamental es “Dios perdona a quien hace penitencia”, o con claridad, a quien se somete al sacerdote.

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