Los sacerdotes.

Ahí hay unos sacerdotes; pero aunque son mis enemigos, paso por su lado en silencio. También hay héroes entre ellos; hay muchos que sufren demasiado y por eso se empeñan en hacer sufrir a los que los rodean. Son malos enemigos. Nada hay más vengativo que su humildad. Quien los ataca se mancha fácilmente. Pero mi sangre está emparentada con la suya y quiero que mi sangre sea honrada incluso en la de ellos.

Me dan pena esos sacerdotes, pero a la vez me repugnan; claro que desde que vivo entre los hombres eso es para mí lo de menos. He compartido y comparto su sufrimiento. Los considero unos cautivos y unos réprobos. Ese a quien llaman su Redentor los ha cargado de cadenas. Los ha encadenado con valores falsos y con hueca palabrería. ¡Ojalá los redima alguien de su redentor! En otro tiempo creyeron que arribaban a una isla, cuando el mar se los llevó muy lejos, y la isla resultó ser un monstruo dormido. No hay peores monstruos para los mortales que los valores falsos y la palabrería hueca. Durante mucho tiempo duerme en ellos a la espera de la fatalidad. Pero, por fin, llega, se acerca y devora todo cuanto se ha asentado allí. ¡Miren cómo se han asentado los sacerdotes! A sus antros perfumados de empalagosos aromas los llaman iglesias. ¡Qué luz tan falsa la suya, qué aire más enmohecido; ahí no puede elevarse el alma a las alturas! Porque su fe les dice: “¡Pecadores, suban las escaleras de rodillas!” En verdad les digo que prefiero ver a un desvergonzado que a toda esa gente que baja los ojos con aire procaz y devoto. ¿Quién se construyó esos antros y esas escaleras para hacer penitencia? ¿No sería alguien que quería esconderse porque le daba vergüenza el aire puro? Mi corazón no volverá a las moradas de ese Dios hasta que el limpio cielo no se asome por las bóvedas derruidas y llegue hasta la hierba y las rojas amapolas que crezcan entre las grietas de los muros.

Llamaron Dios a lo que les contrariaba o les causaba dolor, y, a decir verdad, su devoción tuvo mucho de heroísmo. No supieron amar a su Dios como no fuera crucificando al hombre. Quisieron vivir como cadáveres y en cuanto tales se amortajaron de negro. Hasta en sus pláticas y homilías percibo yo el mal olor de las cámaras funerarias. Quienes los rodean es como si vivieran cerca de esos negros estanques en los que canta el sapo su tristona y monótona salmodia. Para que yo llegara a creer en su redentor tendría que empezar por entonar mejores canciones y encontrar a esos discípulos más redimidos. Desnudos querría yo verlos, pues sólo la belleza puede exhortar a hacer penitencia. Pero, ¿a quién va a persuadir esa tribulación embozada? Verdaderamente, sus mismos redentores no vinieron de la libertad, ni del séptimo cielo de la libertad. Nunca caminaron, realmente, sobre las alfombras del conocimiento. El espíritu de esos redentores estaba cuajado de huecos y en cada uno de ellos colocaron esa quimera, este tapahuecos al que llamaron Dios. Su espíritu se había ahogado en compasión; cuando se hincharon y se desbordaban de compasión, siempre flotaba en la superficie una gran necedad. ¡Con qué celo conducían a gritos su rebaño por su propio sendero! ¡Como si para ir al futuro no hubiera más que un camino! A decir verdad, también esos pastores formaban parte del rebaño de ovejas. Esos pastores tenían un espíritu raquítico y un alma voluminosa; pero, escuchen, ¡qué territorios más pequeños han sido hasta hoy las almas más voluminosas! Por todos los caminos por donde pasaron fueron escribiendo signos de sangre. Era tanta su necedad que llegaron a decir que la verdad se demuestra con sangre. ¡Pero si la sangre es el peor testigo de la verdad; si la sangre envenena hasta la doctrina pura, convirtiéndola en fanatismo y en odio de los corazones! ¿Qué prueba el que alguien vaya a la hoguera por defender su doctrina? ¡Más valdría que fuese la doctrina la que surgiera de su propia hoguera! Cuando se juntan un corazón ardiente y una cabeza fría surge el torbellino, el redentor. Ha habido hombres mucho más grandes y de mucha más clase que esos violentos torbellinos a los que la gente llama redentores. Vean ustedes, si quieren encontrar el camino que lleva a la libertad, habrán de ser redimidos por hombres muy superiores a todos esos redentores. Todavía no ha llegado el superhombre, pero yo ya he visto al desnudo a los dos hombres: al más grande y al más pequeño. ¡Y cuánto se parecen entre sí! En verdad les digo que al más grande lo seguí encontrando todavía demasiado humano.