Cristianismo. Parte II.

En el cristianismo, la moral y la religión no mantienen contacto alguno con la realidad. No hablan más que de causas puramente imaginarias (Dios, alma, yo, espíritu, voluntad libre o no libre) y de efectos también imaginarios (pecado, redención, gracia, castigo, perdón de los pecados); de una relación entre seres imaginarios (Dios, los espíritus, el alma); de una ciencia natural imaginaria (antropocéntrica en la que brilla por su ausencia el concepto de causas naturales); de una psicología imaginaria (simples errores acerca del sí mismo, interpretaciones de sentimientos generales agradables y desagradables de los estados del nervio simpático, por ejemplo, mediante el lenguaje de signos característico de una idiosincrasia ético-religiosa: arrepentimiento, remordimiento de conciencia, tentación del demonio, presencia de Dios); de una teología imaginaria (el reino de Dios, el juicio final, la vida eterna).

Este mundo puramente ficticio se distingue, en desfavor suyo del mundo de los sueños por el hecho de que éste refleja la realidad, mientras que aquél la falsea, la desvaloriza y la niega. Desde que se inventó el concepto de “naturaleza” en oposición al concepto de “Dios”, lo “natural” se hizo sinónimo de “reprobable”. Todo ese mundo de ficciones se basa en el odio a los natural a la realidad; constituye la expresión de una profunda aversión a lo real. Esto lo explica todo. ¿Quién es el único que tiene motivos para evadirse de la realidad mediante una mentira? Aquél a quien la realidad le produce sufrimiento. Pero el hecho de que la realidad haga sufrir significa que se es una realidad fracasada. La supremacía de los sentimientos de dolor sobre los de placer es la causa de esa moral y de esa religión ficticias. Tal supremacía constituye la medida exacta de la decadencia.

El concepto cristiano de Dios, Dios de los enfermos, Dios-araña, Dios-espíritu, constituye una de las ideas de Dios más degradadas a las que se ha podido llegar en el mundo. Puede que represente incluso el nivel más bajo del proceso evolutivo decadente del tipo de Dios. Se trata de un Dios degradado hasta el extremo de estar en contradicción con la vida, en vez de ser su exaltación y su afirmación eterna. Dios encarna, así, la guerra a la vida, a la naturaleza, a la voluntad de vivir; representa la formulación de todas las calumnias contra el “más acá” y de todos los embustes sobre el “más allá”. En Dios la nada queda divinizada; se santifica la voluntad de la nada.

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