Cristianismo. Parte I.

Al cristianismo se le ha llamado religión de la misericordia o de la compasión. Ahora bien, la compasión se opone totalmente a los efectos tonificantes que elevan la energía del sentimiento vital: genere un efecto depresor. Perdemos fuerza cuando nos compadecemos de alguien. Con la compasión aumentamos y multiplicamos todavía más la pérdida de fuerza que ya de por sí confiere el dolor a la vida. El padecer se vuelve contagioso a causa del compadecer, y, en determinadas ocasiones, puede producir la pérdida total de la vida y de la energía vital, lo cual resulta absurdamente desproporcionado en relación con la nimiedad de la causa (como es el caso de la muerte de Jesucristo).

Ésta es una primera forma de ver las cosas, pero hay otra más importante aún. Si consideramos la compasión desde la perspectiva del valor de las reacciones que suele provocar, veremos más claramente aún su carácter nocivo respecto a la vida. La compasión pone trabas a esa ley de la evolución que es la selección. Conserva lo que ya está maduro para perecer; constituye una resistencia que milita a favor de los desheredados y de los sentenciados de la vida. A causa del gran número y de la gran variedad de cosas fracasadas que conserva la vida, confiere a ésta un aspecto sombrío y dudoso. No solo se ha cometido el atrevimiento de incluir la compasión entre las virtudes (a pesar de que toda moral aristocrática la considera una debilidad), sino que se ha pensado incluso que constituye la virtud por excelencia, el fundamento y el origen de todas las virtudes. No olvidemos, sin embargo, que ellos se ha hecho desde el punto de vista de una filosofía nihilista, cuyo lema era la negación de la vida. Schopenhauer tenía razón al decir que la compasión niega la vida, que la hace más digna de ser negada; la compasión es la puesta en práctica del nihilismo.

Digámoslo una vez más: este instinto depresor y contagioso pone trabas a todos los instintos que tienden a conservar y a elevar el valor de la vida. Al multiplicar la miseria y conservar todo lo miserable, significa uno de los principales instrumentos para incrementar la decadencia. La compasión nos incita entregarnos a la nada… Bien es cierto que no se habla de “la nada”, sino más bien del “más allá”, de “Dios”, de “la vida verdadera”, o del nirvana, de la redención, de la bienaventuranza… Esta inocente retórica, surgida del seno de la idiosincrasia ético-religiosa, se revela mucho menos inocente cuando descubrimos cuál es la tendencia que aparece aquí envuelta por un manto de palabras sublimes: la hostilidad a la vida. Schopenhauer era enemigo de la vida, y por ello consideraba que la compasión era una virtud.

Como es sabido, Aristóteles pensaba, por el contrario, que la compasión es un estado enfermizo y nocivo, al que hay que combatir de vez en cuando por medio de un purgante; según él, la tragedia constituye ese purgante. Para fomentar el instinto de vida habría que encontrar la forma de pinchar ese enfermizo y nocivo cúmulo de compasión que representa el caso de Schopenhauer, a fin de que reviente. No hay nada más insano, en nuestra ya poco sana modernidad, que la compasión cristiana. A nosotros nos toca hacer aquí de médicos, se implacables, hacer uso del bisturí. Ésta es la forma que tenemos nosotros de amar a los hombres; así es como somos filósofos nosotros los hiperbóreos.

Hay que decir a quienes consideramos que están en contra nuestra: los teólogos y todo lo que tiene en sus venas sangre de teólogo, toda nuestra filosofía… Hay que haber visto la fatalidad de cerca, mejor aún, hay que haberla experimentado en uno mismo, hay que haber estado a punto de perecer por ella, para darse cuenta que esto no tiene nada de broma. La libertad de pensamiento de nuestros científicos es para mí una broma: les falta apasionarse por estas cosas, padecer a causa de ellas. Esta intoxicación llega más lejos de lo que se cree; yo he vuelto a descubrir la soberbia, ese instinto que caracteriza a los teólogos, en todos aquellos ámbitos en los que el hombre de hoy se considera “idealista”, en todos aquellos ámbitos en los que la gente, apelando a su origen superior, exige el derecho a mirar la realidad desde una posición superior y ajena. Al igual que el sacerdote, el idealista tiene en su mano (y no solo en su mano) todos los grandes conceptos, los contrapone, con un tolerante desprecio, al “intelecto”, a los “sentidos”, a los “honores”, al “bienestar”, a la “ciencia”; ve todas esas cosas bajo sus pies y considera que son fuerzas nocivas y seductoras, por encima de las cuales se extiende el “espíritu”, entendido como un para sí puro. ¡Como si la humildad, la castidad, la pobreza, en una palabra, la santidad no hubieran hecho hasta hoy un daño a la vida increíblemente mayor que todos los horrores y que todos los vicios! El espíritu puro es mentira. Mientras se siga considerando que ese negador, calumniador, envenenador profesional de la vida que es el sacerdote, constituye un tipo superior de hombres, no habrá respuesta la pregunta: ¿qué es la verdad? Cuando se piensa que el representante de la “verdad” es ese apologista a sabiendas de la nada y de la negación, se ha invertido ya la verdad.

Yo combato ese instinto que caracteriza a los teólogos: por todas partes he descubierto su impronta. Aquel por cuyas venas corre sangre de teólogo adopta ya de antemano frente a todo una postura falsa e insincera. Llama “fe” al “pathos” que emana de esa postura: el que cierra los ojos, de una vez para siempre, ante sí mismo para no tener que soportar la visión de una falsedad incurables. De esa óptica defectuosa respecto a todo extrae la gente una moral, una virtud, una santidad; relaciona la buena conciencia con el hecho de ver las cosas falsamente. Exige que ya no tenga valor ninguna otra clase de óptica, después de haber sacralizado la propia con los nombres de “Dios”, “redención”, “eternidad”. En todos los sitios he seguido desenterrando el instinto que caracteriza a los teólogos, esa forma de falsedad tan extendida por toda la faz de la tierra, esa forma auténticamente subterránea. Lo que un teólogo considera verdadero es falso por necesidad; esto es casi un criterio de verdad. Su instinto de conservación más arraigado le impide honrar la realidad o prestarle atención, en cualquier punto. Allí donde se da la influencia de los teólogos, el juicio del valor se encuentra trastocado, los conceptos de “verdadero” y “falso” se hallan necesariamente invertidos; se considera, así, “verdadero” lo que más perjudica a la vida, y “falso” lo que la eleva, acentúa, afirma, justifica y la hace triunfar. Y cuando los teólogos extienden la mano hacia el “poder”, a través de la “conciencia” de los príncipes (o de los pueblos), no hay duda de lo que sucede: es la voluntad de fin, la voluntad nihilista la que trata de hacerse con el poder.

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