Los poetas.

A mí no me atonta la fe; y menos aún la fe en mí mismo. Pero si alguien con toda seriedad, afirmara que los poetas mienten demasiado, tendría razón: ellos mienten demasiado. Por otra parte, saben muy pocas cosas y aprenden mal; ésa es la razón de que tengan que mentir. ¿Quién de ellos, los poetas, no han adulterado su vino? En sus bodegas se ha preparado más de un brebaje venenoso; en ellas se han hecho cosas que no se podrían ni describir. Como saben poco, aman con todo el corazón a los pobres de espíritu; sobre todo cuando se trata de mujeres jóvenes. Les apasiona, incluso, lo que cuentan las viejas por las noches y durante el día. Dicen que es lo “eterno femenino” que hay en ellos. Y como si existiera una vía secreta para llegar al saber, que estuviese vendada a quienes aprenden algo, creen en el pueblo y en su “sabiduría”. Los poetas creen también que si alguien se tiende sobre la hierba o en una ladera solitaria y aguza el oído, puede llegar a saber algo de lo que pasa entre el cielo y la tierra. Y cuando se ponen emocionalmente tiernos creen que la propia naturaleza se ha enamorado de ellos, y que se acerca furtivamente a sus oídos para susurrarles dulces secretos y amorosas alabanzas. Se jactan de esto ante cualquier mortal. ¡Ay, cuántas cosas existen entre el cielo y la tierra que sólo los poetas se permiten soñar! ¡Sobre todo en el cielo! Pues todos los dioses, sin excepción, son símbolos y ficciones creados por los poetas. Realmente, siempre se han sentido atraídos por las regiones de las nubes, y sobre ellas han colocado sus monigotes multicolores, y les han dado el nombre de dioses y de superhombres. Y es que esos dioses y superhombres pesan tan sumamente poco que pueden tener a las nubes por asiento. ¡Qué harto estoy de los poetas!

Estoy harto de los poetas, de los antiguos y de los modernos; todos me parecen superficiales, unos mares con poca profundidad. No han pensado con suficiente hondura: por eso su sentimiento se sumergió hasta tocar fondo. La mejor de sus reflexiones no ha pasado de ser un poco de voluptuosidad y otro poco de aburrimiento. Los sones de sus arpas me parecen fantasmas fugitivos. ¡Qué han sabido ellos hasta ahora de los sonidos ardientes! Tampoco me parecen lo bastante limpios; todos ellos enturbian sus aguas para que den la sensación de profundidad. Les encanta hacer de conciliadores; para mí, son gente dada al eclecticismo y a las medias tintas, seres enredadores. ¡Cuántas veces no habré echado yo mi red en sus mares tratando de pescar buenos peces, pero siempre saqué la cabeza de algún dios antiguo! Sólo una piedra le dio el mar al hambriento; y no hay duda de que los poetas provienen del mar. Es cierto que a veces hay piedras dentro de ellos, pero eso hace que se asemejen más a los duros crustáceos. Con frecuencia encuentro en ellos lodo salado en lugar de alma. También copiaron del mar la vanidad. ¿No es el mar el más vanidoso de los pavos reales? Hasta delante del más horrible de los búfalos abre el abanico de su cola, sin cansarse nunca de enseñar sus encajes de plata y seda. El búfalo lo mira con aire ceñudo, pues su alma prefiere la arena, y más aún los matorrales frondosos, aunque una ciénaga colma todas sus apetencias. ¿Qué le importan a él la belleza, el mar y los adornos del pavo real? Esta parábola va para los poetas. Sí, su espíritu es el pavo real de los pavos reales, un mar de soberbia. El espíritu del poeta ansía espectadores, aunque sean búfalos. Pero yo estoy ya harto de ese espíritu, y creo que llegará un día en que también él se cansará de sí mismo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.