El nuevo ídolo.

En otros lugares hay aún pueblos y rebaños, pero no en nuestros países, donde lo que hay son Estados. ¿Qué es el Estado? Escúchenme, que voy a hablarles de algo que mata a los pueblos. Llaman Estado al más frío de todos los monstruos fríos, al que miente con toda frialdad cuando dice que él es el pueblo. ¡Eso es mentira! Quienes crearon los pueblos poniendo en ellos una fe y un amor fueron creadores que, de este modo, prestaron un servicio a la vida. Pero hay hombres destructivos que ponen trampas para atrapar a la gente y las llaman Estado. Ponen sobre la gente una espada y cien concupiscencias. En los sitios donde aún hay pueblos, no entienden qué es eso del Estado, y lo odian por considerar que tiene mal de ojos y que es un atentado contra las costumbres y las normas. Fíjense en esto: cada pueblo tiene su propio lenguaje para hablar del bien y del mal, que el vecino no entiende; se ha inventado su propio lenguaje relativo a las costumbres y las normas. Pero el Estado miente en todos los lenguajes del bien y del mal; todo lo que dice es falso y todo lo que tiene es producto del robo. Todo él es falso; el muy mordaz muerde con dientes robados. Hasta sus entraña son falsas. Reconocerán siempre al Estado porque es una torre de Babel del bien y del mal, una confusión de lenguas, lo que indica que es voluntad de muerte y que se entiende muy bien con lo que predican la muerte.

Ya les he dicho que nace de demasiada gente; pues bien, para los que están de más se ha inventado el Estado. Fíjense cómo atrae a toda esa gente superflua, cómo se la come, cómo la mastica y cómo trata de digerirla. Ruge ese mostruo: “No hay nada en la tierra que esté por encima de mí; yo soy el dedo imperativo de Dios.” Y no crean que son sólo los que tienen las orejas largas y la vista corta quienes se ponen de rodillas. También a los que tienen un alma grande, les susurra sus embustes siniestros. Adivinen cuáles son los corazones generosos, propensos a entregarlo todo por amor. También adivinen quiénes son los que han vencido al antiguo Dios. La lucha los ha dejado exhaustos y ese cansancio está ahora prestando un servicio al nuevo ídolo. Este nuevo ídolo trata de rodearse de héroes y de hombres honrados. A ese frío monstruo le encanta calentarse al sol de las buenas conciencias. Está dispuesto a darles todo con tal de que lo adoren; de este modo compra el brillo de la virtud y la mirada orgullosa de los ojos. Trata de valerse de ustedes como cebo para pescar a toda esa gente que está de más. Para ello ha ideado un artefacto diabólico, una especie de caballo de Troya mortal, al que ha enjaezado magníficamente con honores propios de un dios. Ha inventado una masacre que quiere hacer pasar por vida y que presta un gran servicio a los que predican la muerte.

Llamo Estado al lugar en donde envenenan a todos, sean buenos o malos; donde todos, buenos y malos, se pierden; donde se llama “la vida” al lento suicidio de todos. Fíjense en toda esa gente que está de más. Roban las obras de los inventores y todos los tesoros de los sabios, y a ese robo le llaman cultura. Todo les parece enfermedad y achaque. Fíjense en esa gente que está de más. Amontonan riquezas y, de este modo, se empobrecen. Quieren poder y, por encima de todo, ansían esa palanca del poder que es el dinero. ¡Ellos, que son unos insolvente! ¡Miren cómo trepan esos ágiles monos! Trepan atropellándose entre sí, y de este modo se hunden en el fango y en las profundidades. Todos tratan de alcanzar el trono; su locura consiste en creer que la felicidad se asienta en el trono aunque muchas veeces es fango lo que hay en el trono, y muchas otras el trono se asienta en el fango. Todo esos locos me parecen unos monos trepadores y fanáticos. Su ídolo, ese monstruo frío, huele mal y lo mismo les pasa a todos los que le rinden culto. ¿Es que ustedes se van a asfixiar con el aliento que despiden sus hocicos y sus concupiscencias? Mejor sería que rompieran los cristales y que saltaran por las ventanas hacia el aire libre. ¡Apártense de ese mal olor, escapen de la idolatría de toda esa gente que está de más!

La tierra sigue a disposición de las almas grandes. Aún hay muchos asientos vacíos para los que están solos -aislados o en pareja-, en los que sopla la brisa perfumada de mares silenciosos. Aún hay una vida libre a disposición de las almas grandes. Quien posee poco no corre el peligro de que lo posean a él. ¡Alabada sea esa pobreza sencilla! Donde acaba el Estado empieza el hombre que no está de más, la canción de quien es necesario, la melodía única e insustituible. ¡Miren allí donde acaba el Estado! ¿Es que no ven el arco iris y los puentes tendidos hacia el superhombre?

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