Amor.

Mis experiencias me dan derecho a desconfiar, en general, de los llamados impulsos “desinteresados”, de todo el “amor al prójimo”, siempre dispuesto a corregir e intervenir. Considero al amor como una debilidad, como un caso específico de la incapacidad para resistir a los estímulos. Únicamente los decadentes califican la compasión de virtud. A los compasivos les reprocho que pierdan con facilidad el pudor, el respeto, el sentimiento de delicadeza ante las distancias, pues la compasión apesta enseguida a chusma y se asemeja a los malos modales, hasta el punto de confundirse con ellos.

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