Los aduladores y la toma de decisiones.

En 1513 Nicolás Maquiavelo escribió El Príncipe, primer clásico del pensamiento político moderno, referencia durante generaciones de políticos y diplomáticos. La obra fue concebida como un conjunto de reflexiones del autor sobre el arte de conquistar y conservar el poder de un principado y, a pesar de todo lo que podamos desarrollar sobre sus aportes, prefiero centrarme en un ámbito de suma importancia y pocas veces abordado de su contenido: cómo huir de los aduladores.

En la política, el Gobierno, la empresa, la gran industria y en fin, en los ámbitos donde se toman decisiones de alto nivel, por no decir que en todos los ámbitos de la vida cotidiana, los tomadores de decisión se enfrentan al difícil reto de elegir adecuados colaboradores de confianza, que prueben su buen tino e inteligencia para acompañarse de personas capaces e idóneas para los retos que enfrentan desde sus respectivos puestos de responsabilidad.

Así, los tomadores de decisión no solo deben valorar los atestados académicos, la experiencia y capacidad de trabajo de sus colaboradores, sino la prudencia de estos para señalar con respeto y sencillez sus observaciones cuando consideren que una decisión o proyecto que se ha de implementar no es el adecuado, o bien, cuando luego de implementada una decisión, en el proceso de muestreo de los resultados de la misma, no oculten información que contradiga al tomador de decisión sobre su buen juicio.

Imperios, reinos, gobiernos, empresas, emporios económicos, partidos políticos y organizaciones de todo tipo, han visto desplomarse su éxito y grandeza no solo por malas decisiones, pues todos estamos propensos a fallar, sino por falta de consejo sabio y valentía de quienes a la par de los tomadores de decisión, no alertaron de los errores cometidos. Uno de los grandes riesgos de rodearse de aduladores, es que precisamente sus consejos están influidos por sus propias conveniencias y por su ganancia en prestigio personal, si se adoptan sus planes y se alaba a quien toma las decisiones y no, por lo que conviene a toda la organización.

Sin embargo, no siempre es fácil identificar a quienes Maquiavelo identifica como una peste, pues los seres humanos, influyentes o no, tendemos a ser orgullos y vanidosos, nos gusta que nos digan que todo lo que hacemos es perfecto, que nuestras decisiones son las óptimas, que nuestra imagen es la más agradable, que nuestra inteligencia, dotes de mando y organización, así como nuestra capacidad de influencia y negociación son dignas de todo un líder y nos exponemos seriamente a terminar caminando desnudos como el Emperador que creía vestir de finas telas, mientras hacía el ridículo ante su pueblo.

Dos siglos antes de que Maquiavelo escribiera El Príncipe, el también italiano Dante Alighieri, en su obra La Divina Comedia, ubicaba a los aduladores en un foso de estiércol en el Infierno, pues según el poema épico teológico, las lisonjas lanzadas en vida por estas personas, eran razón suficiente para éste cruel castigo.

Según me contaban hace un tiempo, el mismo Óscar Arias afirmaba que en política hay quienes no gastan zapatos porque siempre andan de rodillas. Por eso, si se es un tomador de decisión no está de más mirar alrededor y hacer un rápido análisis de quienes le aconsejan y, si se es un consejero, siempre es mejor decir lo que se piensa de manera sincera y respetuosa, que ver desplomarse proyectos y personas por cobardía y falta de entereza.

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